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martes, 7 de septiembre de 2010

Libros Leídos LXII: Yo, la Muerte


Me tardé mucho en este libro: dos semanas...

Pero vaya maravilla. Digna continuación de Q, honrosa y sangrienta, como todo lo relacionado con la realeza española de aquellos ayeres.

Felipe de Austria, o Felipe de Habsburgo, o Felipe El Piadoso, o Felipe II... vaya hijo de puta!

Digno, dignísimo, antecesor directo de Hitler y del actual estado fascista de Israel. Felipe II, el Piadoso, movió los hilos de su imperio a su antojo. Mató, hizo la guerra, construyó, hizo alianzas, defendió a la cristiandad, masacró a los hugonotes, masacró a los marranos, masacró a los moriscos, masacró a los indios, masacró a los negros, masacró a los alemanes, masacró a los franceses, masacró a los holandeses, masacró a los turcos. Y, porque no decirlo, masacró a los españoles, a los católicos, a sus amigos, a sus aliados... a su familia!

Felipe II heredó un vasto imperio, así como sus enormes deudas, y los sueños de un imperio español católico global. Pero no tuvo tanta suerte.

Desconfiado, inseguro, lento de actuar, pero mortífero al hacerlo, Felipe II tuvo 4 esposas, y muchos anhelos para su heredero que no se lograron.

Carlos de Austria, el heredero, aparte de deforme físicamente, por esa absurda -en nuestros días- política de alianzas familiares de los Habsburgo, que fue degenerando sus genes reales; era un psicópata en potencia más arbitrario que su mismísimo padre. Que bueno que su amoroso y cristiano padre ahorró el trabajo de combatirlo a las generaciones futuras.

Hijos que murieron chicos, hijos nonatos, hijas incestuosas... al final un hijo de carácter anodino heredó el Imperio, mismo que colapsó en las generaciones siguientes para darles a Inglaterra y a Francia la hegemonia, al menos hasta que llegó USA.

Poderoso rey que mandó a matar a su hijo, que traicionó a su medio hermano, que en vida de don Carlos V deseaba su muerte; que lo mismo daba el poder absoluto a sus allegados que los refundía en mazmorras lúgubres de la inquisición o del gobierno "civil", si es que esto puede existir en una nación monacal como lo era la España católica del siglo XVI. Que bien pudo eliminar a su esposa Ana de Austría.

Ese monstruo era Felipe II, quien sembró la muerte en todo su Imperio, pero no pudo igualar a su padre en victorias. Si bien las batallas de San Quintín o de Lepanto confirieron prestigio, la desastroza derrota de la Armada Invencible supuso el fin de los sueños imperiales.

Indispensable para entendernos como mexicanos, pues mucho de nosotros viene de esta época oscura... indispensable para saber porque el mundo es como es en la actualidad... y para saber como caen los gigantes... tanto Felipe como su padre Carlos...

  • María se echó a reír. El emperador le había escrito: "Me gustaría haberos desposado yo mismo, pero mis débiles pasos ya se encaminan hacia la tumba. Por eso, ¡tomad a mi hijo Felipe!"
  • Felipe vio que el dolor aumentaba su fealdad. La pobre María no tenía talento para amar. Cada gesto estaba equivocado. Cada palabra parecía falsa. Pero era inteligente y se daba cuenta de sus errores; era un doble sufrimiento.
  • Una sola persona es suficiente para corromper a otra. Pero para salvar a una persona se requiere la ayuda de muchos.
  • Que sabio es mi hijo inglés -dijo Felipe con melancolía-. Nunca una persona ha tenido un futuro tan prometedor. Pero prefiere no nacer. Podría haber sido rey de todo un mundo, salvador de los pueblos, protector de los pobres, defensor de los ricos. Inglaterra, Borgoña, los Países bajos y quizá incluso España, Italia, África, las dos Indias y mucho más podría haber sido suyo. Pero ni siquiera pone una mirada sobre la parte que habría sido suya.
  • Sois sabio, hijo mío. ¡Tened cuidado! Un mosquito nos entra en la nariz, y zumba tanto en el cerebro, que terminamos comiendo hierba a cuatro patas. ¿No fui rey de Babel? ¿Y no creí también que el sol giraba a mi alrededor?
  • Carlos intentó cerrar el puño a pesar de sus manos marcadas por la gota. Había conseguido muchas cosas a lo largo de su vida, pero esto no pudo conseguirlo.
  • ... sólo la muerte cabalga tan deprisa, sólo la guerra pasa con tanta frecuencia.
  • ¿Qué puede pensar una persona así? Encierra al Santo Padre, pero no se pierde una misa. Quema a los herejes, pero, bajo su pabellón. los predicadores de su ejército difunden las enseñanzas de Lutero. Ensalza el pincel de Tiziano por respeto al arte y permite que sus lansquenetes destruyan Roma, rebosante de templos sagrados y pinturas mágicas. Tiene la mejor orquesta, una orquesta que toca como los ángeles, pero, para él, el sonido de los cañones es más bello todavía. Todo lo hace por amor, dice, por amor a sus pueblos, pero a lo largo de cuarenta años, ¿no ha quemado a cien mil en los Países Bajos, no ha matado a millones en los cuatro continentes, rojos, blancos, negros, amarillos, como si de un negocio ambulante se tratara?, y ¿no ha hecho la guerra a gente como nosotros, que amamos la paz?
  • ¿Quieres tumbar al emperador y al rey como simples bolos? El pueblo los ama. Adoran el bastón que los maltrata. ¡Mira a los pobres! ¿Qué aspecto tienen? Están hechos para ser degollados; educados para caer en el engaño.
  • La sabiduría habla griego, la virtud latín, el amor hebreo.
  • "... maldito sea Felipe en la batalla, en la oración, cuando hable, cuando guarde silencio, cuando coma, beba o duerma. Que la maldición abrase sus ojos y su cuerpo de los pies a la cabeza. Oh Satán y tus espíritus malignos, yo te invoco no desgastes hasta que esté mancillado para siempre, ahorcado o ahogada, despedazado por las fieras o consumido por el fuego..."
  • ¿Qué novedades hay? ¿Cómo va el gobierno? ¿Avanza el mundo? Ya tenéis el poder. ¿Qué hacéis con él?
  • Ruy Gómez conocía únicamente dos formas de tratar a las personas, con halagos o con violencia. A un poderoso se le halagaba con la debilidad.
  • ¿Qué? ¿Un trozo de madera os deslumbra y queréis dirigir al mundo?
  • Había sido humilde para gobernar. Había hecho como si estuviera orgulloso de su humildad. Pero cualquiera está orgulloso de alguna cosa, el enfermo de sus abscesos, el leproso de su hedor, el perro de las patadas que recibe. Y él había disfrutado, vivido, dominado y dado patadas a miles de personas.
  • Las verdaderas cornejas sólo sacan los ojos a los muertos. Los verdaderos perros sólo olisquean en las entrañas de los cadáveres.
  • Cubiertos de sangre y cargados con el botín, todos los soldados se parecían. Felipe podría reconocer su origen únicamente por la forma en que mataban. Los italianos asesinaban con dagas, los españoles con palos, los ingleses con los puños, los flamencos disparaban con sus mosquetones. Los alemanes mataban en grupo.
  • Hace tan solo unos días, la riqueza y el placer poblaban estas calles, y ahora, ya no quedaría piedra sobre piedra.
  • Odiaba a Egmont por el feliz aficionado que era, por ser el hijo atrevido de Fortuna que, haciéndolo mal, vencía; que arriesgándolo todo, vencía; que, cometiendo todas las necedades, siempre vencía.
  • ¿Dónde había ido a parar toda su grandeza? ¿Dónde estaba el héroe que hizo presos a papas y reyes, que batió a los turcos y a los alemanes, que fue señor de cuatr ocontinentes, novio del mundo, hombre de su siglo? Ahora, su carne se fundía como la nieve sucias. Un perro no muere de otra forma.
  • La vida es dolor. Una vida larga: ¡mucho dolor!
  • Tal como muere el necio, muere también el sabio. La luz es dulce, los ojos se deleitan al ver el sol. la luz es dulce... es la luz, pues donde hay mucha sabiduría, hay también mucho pesar. Quien aprende mucho, sufrirá también mucho.
  • "María se está muriendo", pensó, "hay tantos, cerca de mí, que se mueren! La muerte hila su tela de araña. Al final, todos quedaremos atrapados en ella, ahogados. Es como si Dios estuviera ahorrando y no quisiera crear nada nuevo sin destruir antes.
  • Cualquier pequeño rufián puede cometer un pecado, pero, ¿con la conciencia tranquila? En eso reside el arte. Para eso se paga a hombres como yo.
  • Para él, de la sonrisa al cuchillo dista sólo el ancho del filo.
  • "¡Qué extraño!", pensó Juan, "y qué peligroso. ¡Ojalá me amara menos! Su confianza puede costarme la vida..."
  • Isabel se curó y Francia esperó a que le llegara el menstruo. A los dieciséis no era una mujer. Su mes, pensaron los parisinos, hará historia. Catalina quería consolidar el poder de Francia en el lecho de su hija. Le escribió: "Francia espera que, por fin, perdáis vuestra inocencia".
  • ¡No quiero oír hablar de intuición! - les reprendió Felipe -. ¡Trabajad regularmente! Las musas no existen: ¡sólo el trabajo y la puntualidad!
  • El hambre hace tan peligrosos a los españoles. El hambre mueve la historia del mundo.
  • Cuando oigo discutir a los católicos, desearía ser luterano; cuando estoy entre luteranos, decido seguir siendo católico.
  • No me gusta, pero nos es útil. Sólo las personas que agradan son peligrosas.
  • Bañarse no es cristiano -indicó el mayor de los tres médicos, un anciano de ochenta años que amaba a las niñas pequeñas-. Sólo se bañan los moros. Son paganos. También a ellos se los prohibió el rey. Bañarse es malo para la salud. ¡Sólo se bañan los enfermos!
  • Hoy sois un pueblo ciego, pero mañana seréis víctimas y tendréis una vista aguda.
  • ¿Queréis que admita con un segundo juramento que rompí el primero? Un juramento incondicional en una ofensa.
  • Hay que esperar, aunque no haya esperanza. Insistir, aún sin suerte. El hombre no ha nacido para servir a otros hombres.
  • ¿Os he llamado de Ypern para que me aconsejarais?
  • Su imperio está herido, su España está en la bancarrota, su religión ha quedado anticuada, sus súbditos son rebeldes, y su espíritu se acerca a la locura. ¡Felipe comete errores!
  • Dice: "Un príncipe que dice abiertamente lo que quiere hacerlo hace con la intención de conseguir lo contrario". ¡Que sabio es Felipe! Cuando se le oye hablar, podría creerse que tiene razón.
  • El cabello de Felipe está aterrorizado! Ya no quiere guardar sus terribles secretos. Por ello, ¡cae como los príncipes y como las provincias!
  • Persistir hasta el final, nunca cambiar de planes; para el rey, éstos eran los rasgos de la grandeza.
  • Tenéis que ser muy infeliz para surgir con el primer desgraciado que os encontráis al borde del camino.
  • No podría desear más; menos no me habría bastado.
  • ¡Señor! ¿Se ríe el muerto de nosotros? ¿Es posible que todos los muertos se sonrían ante la extraña equivocación de los que se creen vivir?
  • El rey espiaba a su mujer, de día y de noche, cuando rezaba y cuando estaba entre sus brazos. El piadoso rey Felipe desconfiaba de las personas. Demasiado creyente de Dios, no había conservado fe en los mortales.
  • De las personas apreciaba la condescendencia, lo manipulable, que fueran tan maniobrables, tan cambiantes, tan transparentes y vulnerables, tan sustituibles e inagotables. Nada es tan barato como una persona, Es la única enseñanza que aprenden los tiranos en su oficio.
  • Se dominó, por esta vez. Se preguntó: ¿Es posible que sea simplemente tonta?
  • Y, sobretodo, porque ha entendido el digno lema de nuestro rey: que el individuo o incluso los pueblos enteros no valen para nada si no están civilizados. ¿Qué significa una vida sin Dios? Un pez también vive. Un perro tiene la sangre caliente, igual que yo. Un toro puede sufrir igual que uno de nosotros, puede amar mejor que un hombre, puede morir con tanta bravura como un héroe, puede encandilar a media ciudad; pero no deja de ser un toro. Una vez lo ha traspasado la espada, lo sacan de la arena. Somos un trozo de barro sin aliento de Dios. Se puede educar al infiel que no conoce lo bueno. Pero el renegado que ha probado el pan y que prefiere la mierda, ¿en qué se diferencia del toro, o de un perro, de un pez? ¿Hay que tener compasión con quienes abandonan la morada de Dios y desean vivir según las leyes de los animales salvajes? Nuestro rey ha venido para salvar a la humanidad. Al defender a la Iglesia verdadera establece las diferencias entre la humanidad y los animales. ¿O pretendéis afirmar que aquellos también hablan a Dios, aunque a su manera?
  • El disimulo forma parte del comportamiento civilizado... Tenemos que hacer como si les creyéramos y fingir aún más que ellos, hasta que se nos ofrezca una oportunidad grande e inequívoca de atacar. La guerra se debe iniciar por un buen motivo.
  • ¡Qué ideas! Dejad la bondad en manos de Dios. La bondad corrompe a las personas. A los hijos hay que educarlos con dureza. La clemencia es divina.
  • El rey calculó en miles las personas que Espinosa ordenó quemar y en millones las que hizo extorsionar en nombre de Dios, y se dio por satisfecho con los resultados y perdonó al fallecido. A los muertos, el rey les perdonaba muchas cosas.
  • ¡Señor! Los reyes utilizan a las personas como si fueran naranjas. Las exprimen y luego tiran la piel.
  • ¡Chaquetas largas, ciencia corta!
  • Su tío Mendoza había muerto. Muerto y enterrado en el destierro, como corresponde a un poeta bajo el dominio de los tiranos.
  • El rey tiene poderes divinos. Puede romper las leyes, hacer la guerra al Santo Padre, recompensar a los asesinos para reafirmar su autoridad, es decir, la de Dios. El rey puede decidir sobre la vida de sus súbditos; de la misma manera que puede quitar la vida con un juicio reglamentario, puede hacerlo también sin juicio, si ntener en cuenta las leyes; pues mediante nuevas leyes puede liberarse de las leyes anteriores.
  • En Regensburgo, Bárbara Blomberg subió una toalla a la habitación del emperador y bajó con un hijo suyo.
  • Por segunda vez Antonio Pérez salvó la vida de Escobedo, pero no se lo dijo al amigo. Ante los amigos no hay que vanagloriarse.
  • Franesio sintió escalofríos. Era todavía muy joven y no entendía por qué muchos moribundos creían que les quedaban cosas decisivas por decir. ¿No habían hablado bastante a lo largo de toda una vida? ¿Es más válida la última palabra?
  • Luego, Felipe lo enterró al lado de su padre, el emperador Carlos V. En El Escorial los ataúdes se iban amontonando. Porque Felipe coleccionaba sus muertos más queridos.
  • Las traiciones de los súbditos al rey son cosa de cada día, pero jamás un rey traicionó de manera tan infame a un súbdito.
Finalmente, en exclusiva, El Padrenuestro de Gante:

Diablo infernal que estás en Bruselas,
Maldito sea tu nombre,
Aléjese de nos tu reino;
No se haga tu voluntad,
Ni en la tierra ni en el cielo;
El pan neustro de cada día
No nos lo quites hoy,
Mujeres y niños mueren de hambre;
No perdonas nuestras deudas
Tu odio y tu envidia no perdonan a tus deudores;
Nos dejas caer en la tentación,
Pues a nadie libras del mal.
Oh, Padre nuestro que estás en los cielos,
Líbranos de este diablo infernal,
De sus acciones falsas y sangrientas,
Del azote del pueblo líbranos
De él y de sus soldados españoles
Que viven como el mismo Satán. Amén.






jueves, 19 de agosto de 2010

Libros Leídos XLVII: Q








Este año he leído cosas realmente maravillosas. La última: Q, un libro que tengo desde tiempos inmemoriales en mi biblioteca, abandonado a su suerte, en espera de que su estúpido dueño tuviera la madurez necesaria para leerlo sin parar, entendiendo, al menos un poco, la enmarañada época que retrata fielmente, una era de terror y sangre cristiana; de espadas, miembros cercenados, y de una fe resquebrajada por la opulencia de los cerdos papistas, una religión que jamás volvería a recobrar su otrora execrable luminosidad.

Gustav Metzger, Lucas Niemanson, Lienhard Jost, Gerrit Boekbinder, Ludwig Schaliedecker, Tiziano... los mil nombres del protagonista, fiel testigo activo de los tiempos turbulentos que sacueron la Europa cristiana, trastocados por la avaricia papal y los gritos oprimidos de una serie de naciones que anhelaban libertad religiosa.

Lutero inició una revolución de la cual, seguramente, no tenía la menor idea en cuanto a su alcance, a su magnitud regeneradora. No sólo en Europa, sino en todo el mundo, al cambiar los balances de poder. Carlos V fue el cenit del imperio español. Heredó un reino resquebrajado a los Habsburgo, mismo que se astilló ante los ingleses, los franceses, el gran turco. Esto, por la envidia de franceses, papistas, ingleses, y alemanes, que supieron utilizar con ingenio absoluto la rebeldía nacida en Wittenberg.

En medio de las intrigas de poder, quedaron aquellos ilusos que pretendían volver al cristianismo primitivo, a la comunidad primitiva, muy por encima del comunismo soñado por los que tenemos el corazón cargado a la izquierda. Pero el sueño se pulverizó. El reino de los locos fue demolido a pólvora y acero. Ganaron los pusilánimes.

Antinovela interesantísima, por supuesto que de aventuras, por supuesto que autoreferencial, no sólo del colectivo Luther Blissett, sino de su época, de la era actual, de todos los tiempos: la ruta del dinero. Los ilusos, los idealistas, somos unos pobres dementes que no entendemos las repercusiones del poder. Que no tenemos idea de las fuerzas ocultas que mueven los hilos. Que creemos que con pensar un mundo mejor es suficiente.

A continuación, las frases que mpas me impactaron... y hasta abajo un link para descargar la novela completa, en español, junto con otros links de interés sobre Q...


  • Las cartas amarillentas y decrépitas, polvo de décadas pasadas. La moneda del reino de los locos se bambolea en mi pecho para recordarme el eterno movimiento pendular de la humana fortuna. El libro, tal vez el único ejemplar impreso, no ha sido abierto aún. Los nombres son nombres de muertos. Los míos, y los de aquellos que recorrieron los tortuosos senderos. Os prometí no olvidar. Os he salvado del olvido. Quiero tenerlo todo bien controlado, desde un principio, los detalles, el azar, el fluir de los acontecimientos. Antes de que la distancia empañe la mirada que se vuelve hacia atrás, atenuando el estruendo de las voces, de las armas, de los ejércitos, la risa, los gritos. Y sin embargo solo la distancia permite remontarse a un probable comienzo.
  • 31 de octubre de 1517. El fraile clava en la puerta sur de la iglesia de Wittenberg noventa y cinco tesis contra el tráfico de indulgencias escritas de su puño y letra. Se llama Martín Lutero. Con este gesto da comienzo la Reforma.
  • Ojos grises inexpresivos de quien ha visto muchas batallas, habituados al hedor de los cadáveres.
  • Me infunde moral: están hechos de carne y hueso, no solo de afilado acero.
  • Omnia sunt communia.
  • ¿Existirá algún trozo de mundo que haya escapado al cataclismo?
  • No tenemos ya nada, soldado. Nada más que las heridas de los lisiados y las lágrimas de nuestros niños. ¿Qué más puede pasarnos?
  • Las noticias que llegan entretanto del exterior hablan de matanzas por doquier: la represalia de los príncipes se ha revelado a la altura del desafío que lanzamos.
  • Esa fue su gran victoria. Que nadie piense en derribar a los poderosos por mucho tiempo, pues entre otras cosas, si gobernasen los campesinos y tuvieran que trabajar la tierra los señores, no tardarían en morirse todos de hambre, ya que cada uno tiene las manos que se merece... Y sin embargo, para un señor, tener que limpiarle los pies a un siervo y volver a meterla donde la ha tenido un pobre patán, esa sí que es la más jodida de las derrotas.
  • Los jóvenes intelectos ansían nuevas cuestiones en las que poner a prueba sus colmillos de leche.
  • Muestra en todo momento la actitud de un padre explicándole a un hijo cómo están las cosas. Como si su mente comprendiera la tuya, integrándola en sí, habiendo ya comprendido todo cuanto tú comprenderás de aquí al final de tus días.
  • Aquel que viene de lo alto está por encima de todos; que quien viene de la tierra, a la tierra pertenece y a la tierra habla.
  • No serán las plumas las que escriban las reformas que esperamos.
  • Por lo que he podido ver es una loca furiosa digna de su esposo.
  • Puede quedarse para él el consuelo de la Palabra, pues yo estuve entre aquellos que creían en su fuerza.
  • No sé cual ha sido tu final: si fuiste pasto de los mercenarios o de los cuervos. El corazón, seco, me empuja casi a esperar que no hayas sobrevivido a esta nada, a la fría soledad que marca la Navidad de este año de muerte.
  • Donde hay un céntimo que ganar, abundan los curas.
  • Además, está precisamente la imprenta; esa técnica asombrosa que, igual que un incendio, en un verano seco y ventoso, se desarrolla día a día, nos da abundancia de ideas para mandar lejos y con más prontitud los mensajes y las instigaciones que llegan que llegan a los hermanos, aparecidos como setas por todas partes del país.
  • Provocador, agitador de oficio, conviene tenerlo como amigo para evitar que su espíritu libre se vuelva en contra de uno.
  • ¡Teme ser derrocado del trono en el que posa su querido culo! ¡Y los campesinos deben mantener la cabeza gacha sobre el arado mientras él hace de nuevo Papa!
  • Te has vuelto mayorcito muchacho: tendrías que aprender a defender tú solo con más fuerza tus ideas.
  • Deberéis ser prudentes, pues los esbirros de los príncipes andan merodeando por el condado, no os detengáis nunca dos noches seguidas en el mismo sitio, no confiéis en nadie cuyo corazón no sea para vosotros como un libro abierto.
  • Por primera vez tuve la extraña sensación de escuchar a una persona hablar mi propio lenguaje sin comprender ni pizca de lo que estaba diciendo.
  • Conozco una canción al revés, que pronto al derecho tendré que cantar, he explicado el Evangelio al párroco, que se obstinaba en hablar en latín, le he dicho que debe pagar el trigo, que el sobrante es de quien no lo tiene. He subido yo solo a palacio, con mi amigo hemos ido a casa del señor, cinco le hemos dicho que la tierra nos pertenece, diez se lo hemos explicado, veinte lo hemos puesto en fuga, cincuenta nos hemos apoderado del castillo, cien le hemos prendido fuego, mil hemos pasado el río, ¡diez mil hemos ido a la batalla final!
  • ¿Lo ves? Todo va haciéndose realidad: Cristo pone al hijo contra el padre, y nos invita a volvernos como niños.
  • ... el Señor ha escogido a los suyos, los elegidos; quien no sienta su corazón henchido de coraje, de fe, que no ponga trabas a los designios de Dios: que se vaya, ahora, hacia su destino de perro. ¡Lejos! Que vuelva a su taller, que vuelva a su cama. Que se largue, que desaparezca para siempre.
  • El horizonte corre hacia nosotros borrando la llanura.
  • En cualquier parte donde haya un campesino o un artesano descontento, hambriento o maltratado, hay un hereje en potencia.
  • Inglaterra. Gran tipo ese Enrique VIII. Disuelve las órdenes monásticas y confisca todos los bienes de los conventos. Se pasa de la mañana a la noche comiendo y jodiendo y, mientras tanto, se proclama cabeza de la Iglesia de Inglaterra.
  • Has hecho la guerra. Y la has perdido. Tienes todo el aspecto de alguien que ha atravesado el infierno y ha salido vivo de él.
  • En esta vida no he aprendido sino una cosa: que el infierno y el paraíso no existen. Los llevamos dentro de nosotros adondequiera que vayamos.
  • No es la primavera, ya no, abril me obliga solamente a rascarme las cicatrices: el mapa de las batallas perdidas.
  • También yo era joven entonces, pero bastante espabilado como para comprender que Lutero había traicionado la causa que nos había vendido. Comprendimos que íbamos a tener que proseguir s partir del punto en que ese monje había rendido las armas. La historia habría podido terminar así, en esa llanura cubierta de cadáveres. Y en cambio sobreviví.
  • ¿Acaso conoces algo por lo que valga la pena perderlo todo?
  • Los amigos están muertos y para los que quedan he descubierto que estoy sordo. Dios no tiene nada que ver en esto; nos abandonó un día de primavera, desapareciendo del mundo con todas sus promesas y dejándonos en prenda la vida. La libertad de gastarla entre aquellos blancos muslos.
  • Mientras me deslizo a su lado percibo el acre olor a mujer, esa mezcla embriagadora a lavanda y humores, esa encrucijada entre la tierra y el cielo el infierno y el paraíso, que en un segundo nos pierde y nos hace renacer. Lleno mi olfato y observo de cerca.
  • Los hombres se sienten impresionados ante la sangre, por eso hacen la guerra, pues tratan de conjurar el terror. Las mujeres no, tienen que ver correr la suya propia a cada cambio de luna.
  • Su grito de guerra se convirtió en "En Estraburgo la herejía es vivir".
  • Úrsula no podía ni oír mencionarla. La odiaba. De ese modo especial en que solo una mujer puede odiar a otra.
  • Frankenhausen me había enseñado a no esperar ningún ejército de ángeles: ningún Dios se rebajaría a ayudar a los miserables. Tenían que ayudarse ellos solos. Y los profetas del Reino eran de nuevo quienes podían levantarlos y darles una esperanza por la que combatir, la idea de que las cosas no serían así siempre.
  • Sentí un estremecimiento extraño al empuñar de nuevo un arma y comprendí que había llegado el momento de intentar algo grandioso, que era preciso poner punto final al proselitismo pacífico, porque siempre el acero y nada más que el acero sería lo que encontraríamos en el bando contrario, el de las alabardas del cuerpo de alabarderos y del hacha del verdugo.
  • Aquella mujer siempre me produjo espanto, aún antes de ser reina, profetisa, gran ramera del rey de los anabaptistas. Tenía algo de aterrador en su mirada: la inocencia.
  • Niego con la más absoluta firmeza el pecado de Adán y en consecuencia no acepto ninguna de las maldiciones que de él pueden derivarse.
  • La epopeya anaptista y las leyendas de los enemigos han hecho de nosotros unos monstruos de astucia y perversión. Bien, en realidad los caballeros del Apocalipsis eran los siguientes: un panadero profeta, un poeta alcahuete y un marginado sin nombre, eterno fugitivo. El cuarto fue un verdadero poseso, Pieter de Houtzager, uno que había tratado de hacerse fraile pero que había sido rechazado por la violencia de sus palabras: abordaba a la gente por la calle, las visiones que evocaba estaban llenas de sangre y exterminio, única justicia del Señor.
  • Ayer mismo le pregunté a un párvulo de cinco años quién era Jesús. ¿Sabéis qué me respondió? Una estatua. Eso fue lo que dijo: una estatua. ¡Para su mente infantil! Cristo no es más que el ídolo ante el cual sus padres lo obligan a decir las oraciones antes de irse a la cama! ¡Para los papistas esta es la fe! ¡Primero aprender a venerar y obedecer, luego a comprender y creer! ¡Qué clase de fe puede ser esta, y qué inútil suplicio para los niños! Pero ellos quieren bautizarlos, sí, hermanos, porque temen que sin el bautismo el Espíritu Santo no descienda sobre ellos. De este modo el acto de fe se convierte en algo secundario: las conciencias son lavadas con agua bendita antes de que se pueda cometer ningún pecado. Y así su bautismo sirve para encubrir sus actos nefandos más innombrables: el lucrarse con el trabajo del prójimo, el acumular posesiones, la propiedad de las tierras que vosotros cultiváis, de los telares que vosotros hacéis funcionar. Los viejos creyentes no quieren permitirle a nadie que elija la vida que desea llevar, quieren que vosotros trabajéis para ellos y estéis contentos con la fe que os inculcan los doctores. ¡La suya es una fe de condena, es la fe divulgada por el Anticristo! ¡Pero nosotros lo que queremos, hermanos, es la Redención! ¡Nosotros queremos libertad y justicia para todos! ¡Nosotros queremos leer libremente la palabra del Señor, así como también elegir libremente quién debe hablarnos desde el púlpito y quién representarnos con el Consejo! ¿Quién decidía, en efecto, sobre el destino de la ciudad antes de que lo echáramos a patadas? El obispo. ¿Y quién decide ahora? ¡Los ricos, los notables burgueses, ilustres admiradores de Lutero únicamente porque su doctrina les permite oponer resistencia al obispo! Y vosotros, hermanos y hermanas, vosotros que das la vida a esta ciudad, no podéis tomar parte en sus decisiones. Vosotros tenéis que obedecer nada más, tal como grita el mismo Lutero desde su madriguera principesca. Los viejos creyentes vienen a decirnos que los buenos cristianos no pueden ocuparse del mundo, que deben cultivar su fe en privado, seguir sufriendo en silencio los atropellos, porque todos somos pecadores condenados a expiar.
  • He olvidado la fuerza, Magister, y tú no puedes enseñarme nada. Soy otro, quizá un hijo de puta, desilusionado y rabioso, y sin embargo por primera vez, después de tantos años, estoy en el lugar adecuado.
  • Burgueses, obreros, artesanos, madres, caras toscas, manos fuertes. Jóvenes todos ellos, porque la miseria no da tiempo a envejecer.
  • ¡Santo Dios, amigos, si la fe de los habitantes de Münster prospera tanto como las tetas de sus mujeres, entonces nunca he estado en ningún lugar tan próximo al paraíso!
  • ¡Estaba más cerca yo de Dios en medio de mis rameras que todos esos letrados que tenían la podredumbre delante de sus narices y que venían luego a dejarse mimar la picha por ellas!
  • No tenemos nada que perder. Esa es nuestra fuerza.
  • Méate encima de tu enemigo antes de golpearlo, pues podría despertarse, aplacar su ira, disipar esa niebla que envuelve el ansia de sangre. Podría considerar absurda la suerte que está a punto de inflingir, o tocarle. Y retirarse.
  • Es más fácil expulsar al tirano que estar a la altura de sus esperanzas. Tal vez lo difícil viene ahora.
  • ¿Son gélidas las llamas del infierno? ¿Hay que esperar semidesnudos, hambrientos uno detrás de otro, mudos, la hora en que Cerbero nos arroje por la puerta al hielo eterno de la impiedad?
  • Los corazones impávidos aman el corazón de la noche. Es el momento en que más difícil resulta mentir, todos somos más débiles, vulnerables. Y el rojo de la sangre desaparece junto con todos los colores.
  • Hay cargas que no es fácil llevar. Elecciones difíciles, que la tosca mente de los hombres no puede comprender fácilmente. Nos esforzamos, luchamos cada día, para comprender. Y le pedimos a Dios que nos mande una señal, un signo de conformidad con nuestras mezquinas acciones. Esto es lo que pedimos. Queremos ser tomados de la mano y guiados en esta noche oscura, hasta la luz del día que está por venir. Queremos saber que no estamos solos, que no nos equivocamos cuando levantamos el cuchillo contra Isaac. Y así esperamos ver al ángel que debería venir a detener nuestra hoja y a tranquilizarnos sobre el bien de Dios. Queremos verdaderamente que nos sea confirmada la inutilidad de nuestros gestos, que no sea más que una ridícula pantomima, sin otra finalidad que la de sentir nuestra absoluta entrega a la voluntad del Señor. Pero no es así. Dios no nos pone a prueba para solazarse con estas miserables criatruras forjadas de arcilla, para poner a prueba la devoción, no. Dios nos hace sus testigos, quiere que nos sacrifiquemos nosotros mismos, nuestro orgullo mortal que nos hace amar el ser amados, incensados, enaltecidos como profetas, santos. Capitanes. El Señor no sabe qué hacer con nuestra buena fe. Con nuestra bondad. Y nos transforma en homicidas, en unos hijos de puta carentes de escrúpulos, así como convierte a los homicidas y a los rufianes a su causa.
  • No lo sé. No sé si es lo más adecuado que se debe hacer, nunca lo he sabido, siempre he elegido un camino distinto. Lo único que sientes es que no puedes continuar así, que las murallas, las paredes, comienzan a quedarse pequeñas y tu mente necesita aire fresco, tu cuerpo sentir que las leguas discurren bajo sus pies.
  • No te niegues a ti mismo aquello por lo que has luchado, Peter. La derrota no vuelve injusta una causa. No lo olvides jamás. Ahora vete.
  • Y vi delante de mí un flaco y derrengado caballo. Quien lo cabalgaba se llamaba Muerte y detrás venía el Infierno.
  • Me quedo en silencio, escuchando el borbotear remoto de los recuerdos, saboreando esa solidaridad amarga de quienes regresan de la guerra.
  • En todo aquel que exorciza en los demás el desprecio que siente por sí mismo, por las propias derrotas, en todo aquel que culpabiliza y juzga para no ser juzgado ni culpable, hay una cura que, por más que quiera disimularlo, grazna todavía entre los cuervos de la vieja fe. A todo aquel que muestra suficiente inteligencia como para comprender el mundo y demasiada poca para aprender a vivir no le cabe esperar otra cosa que el martirio.
  • Los mismos que quisieron reformar la fe y la Iglesia, han reformado también el viejo poder, le han proporcionado una nueva máscara. Las esperanzas de vuestros anabatistas eran legítimas: desmentir a Lutero y proseguir a partir de allí donde él se había detenido. Pero vuestra visión de la lucha os hacía ver el mundo en blanco y negro, cristianos y anticristianos. Una de este tipo sirve para ganar una batalla justa, pero no para hacer realidad la libertad del espíritu. Muy al contrario, puede construir nuevas prisiones para el alma, nuevas obligaciones morales, nuevos tribunales.
  • Mi señor sabe perfectamente que peligrosa arma puede ser la imprenta: sin ella Lutero seria todavía el profesor de la desconocida universidad de una pequeña y fangosa ciudad sajona.
  • Pero me ha faltado valor: la historia de que todo aquel que se roza conmigo muere. Amigos, hermanos, compañeros de aventura. Detrás de mí hay una estela de sangre que comienza lejos, en un día de mayo, y que llega hasta aquí.
  • Único superviviente de una raza sin fortuna, un pueblo que la historia ha querido exterminar.
  • Soy el último superviviente de una época y me arrastro al lado de todos sus muertos, pesada carga a la que no quiero condenar a nadie más. Mucho menos a la familia que habría podido tener.
  • El destino ha querid o que yo sobreviviera, siempre, para continuar viviendo en la derrota, consumiéndola un poquito cada vez.
  • El médico español Miguel Servet ha descrito a los italianos como distintos entre sí en todo: gobierno, lengua, costumbres y rasgos somáticos. Únicamente nos uniría, según él, la antipatía de unos por otros, la falta de valor en la guerra y el desprecio por los ultramontanos. Por lo que a la fe, puede decirse casi otro tanto: de un lado, hay quien invoca la conciliación con los luteranos; de otro, quien da una prioridad absoluta a la guerra contra la herejía y desempolva el Santo Oficio de la Inquisición. Está muy extendido entre el pueblo el odio por los curas y por tanto la simpatía por lo que todos llamamos "fe germánica", pero podría decirse también todo lo contrario, ¿entendido? Igual que se podría decir también que muchos campesinos ignoran qué es la Trinidad, comulgan y confiesan en Pascua para tener contento al párroco y el resto del año viven sus supersticiones.
  • Desde que el mundo es mundo los enemigos exteriores se ponen de acuerdo para acabar con los interiores.
  • Todo patrañas, señor mío, el poder, el poder, por esto se matan unos a otros. Por el amor de Dios, no digo que el viejo Lutero no crea, no digo que el adusto Calvino no esté convencido, pero ellos no son sino peones. Si no les resultasen cómodos a los poderosos, esos cuervos no serían nadie, os lo digo yo, ¡na-die!
  • Una idea es válida en tanto que se difunde en el lugar y en el momento adecuados, amigo mío. Si Calvino hubiera impreso su Institutio hace tres años, el rey de Francia lo habría mandado a la hoguera en menos que cuesta decirlo.
  • Los libros cambian el mundo solo si el mundo consigue digerirlos.
  • ¿Putas, negocios, libros prohibidos e intrigas papales? ¿Esto es lo que prometéis?
  • ¿He luchado toda mi vida contra Lutero y los curas para ponerme ahora al servicio de los cardenales enamorados de Lutero?
  • No hay nada que perder cuando se ha perdido todo.
  • Hay putas por doquier. ¿Practican algún otro oficio las mujeres de esta ciudad?
  • Dejemos el orgullo para los ineptos, entonces, y por una vez, hagamos una excepción a la regla.
  • Que absurdo milagro son los espejos, y esta ciudad está llena de ellos, no hay tienda o mercería donde uno no se encuentre expuesto a alguno de los finos trabajos de los maestros vidrieros locales. Un mundo invertido, simétrico, donde la diestra se vuelve siniestra: no creía que tuviera la nariz tan torcida.
  • Menuda cara dura, ¿no os parece? Primero nos obligan a cambiar de fe y luego nos lo echan en cara.
  • Exactamente lo contrario: hay que moverse muy rápido. Más rápido que ellos. Confundirse entre la multitud, apuntar a un objetivo, lisonjear a los enemigos, y tener siempre un equipaje ligero.
  • Ay, las mujeres se sienten a menudo atraídas por lo que no pueden tener. El placer es materia opinable y elige caminos diversos.
  • Lutero ha muerto. Reginald Pole se va derrotado de Trento. El Emperador vomita bilis. El círculo viterbés y todos los criptoluteranos están muertos de miedo. El Beneficio ha sido condenado.
  • Paulo III Farnesio es un hombre a la antigua, de tejemanejes, de nepotismo e hijos ilegítimos que hay que colocar en puestos de poder. Último Papa de una era moribunda, apegado a su sitial y a sus ridículas intrigas, desconocedor de que este tiempo ha tocado a su fin, que avanzan nuevos soldados, tanto aquí como en las tierras del norte: los santos predestinados de Calvino, comerciantes consagrados a la causa de la fe reformada y de su Dios terrible; los hombres de la Inquisición, guardianes de la ortodoxia, inexorablemente consagrados a su pequeña y mezquina tarea de policías respetuosos del deber, escrupulosos recogedores de informaciones, rumores, delaciones.
  • No hecho de menos a los adversarios dejados en el campo de batalla, sino a aquel que se enfrentó a ellos, el mismo de entonces.
  • Y nos toca en suerte encima un Tomás Moro, un Erasmo, un Reginald Pole. Locos idiotas, dispuestos a morir por su incapacidad de comprender el poder: tanto de servirlo como de combatirlo.
  • Los años no refuerzan el espíritu, sino que lo debilitan, y terminas por mirar a los ojos de los adversarios, por mirar en su interior, para ver el vacío, la miseria del intelecto y descubrirte dispuesto a perdonar la estupidez.
  • literatos acomodados enamorados de Calvino y de sí mismos. Tontos. Tontos útiles. Ignoran lo que es un enfrentamiento de verdad, les gusta llenarse la boca con determinadas ideas bonitas. Están destinados a ser los primeros en ser aplastados por la guerra espiritual.
  • ¿Qué extrañas conjeturas provocan los nombres, no os parece? Los hombres parecen sentir un terrible apego a ellos, pero basta con haber pasado por más de un bautismo, y de una tierra, para descubrir que es útil, agradable incluso, tener muchos.
  • Hay que haber recorrido el mundo a lo largo y a lo ancho para poder pintarlo con semejante claridad.
  • Wittenberg. Ha transcurrido toda una vida. La mía. Lutero está muerto, los protestantes han fundado su iglesia reformada, se acabaron los juegos.
  • Los últimos testigos de una época que corre hacia su declive. Dos viejas sombras fatigadas.
  • Bautízame, hermano Tiziano, porque la ablución que me dieron de niño no cuenta ya para mí. Bautízame, aunque sea con el agua sucia de ese charco: mi fe bastará para purificarla.
  • Cuando los hombres hablan así es para irse para siempre, o porque tienen alguna venganza que cumplir.
  • El mismo imperdonable error de siempre: mi pasado que irrumpe en el presente y causa estragos, lacerando las carnes de amigos, compañeros, amantes.
  • Si vencen nos despojaran de todo, ocuparán todo el espacio ellos. Seremos encerrados, los más afortunados morirán.
  • Estoy loco y todavía me entran ganas de reír.
  • ¿Qué hace un hombre cuando sabe que está muerto? Hay que pagar un precio por el pasado. A partir de los recuerdos que la mente había borrado. Extramuros.
  • Las escenas de miseria son siempre iguales. Niños enflaquecidos, harapientos. Tripas hinchadas de nada, pies descalzos. Manitas sucias pidiendo limosna. Los recién nacidos atados con mantones a la espalda, para no interrumpir el trabajo, las mujeres llenan los sacos de trigo, plantadas hasta la rodilla dentro del gran depósito que contiene la cosecha de una nación. Unos pocos ancianos, huesudos, mutilados, bizcos.
  • El pasado pende sobre sus cabezas. Y si osan alzarlas, allí están las jaulas para recordárselo.
  • Basta una honda y proponérselo un poco para ganarse el aprecio duradero de estas gentes. Basta con tener un poco de fuego en la sangre.
  • Carafa sabe perfectamente que dos solo pueden mantener un secreto cuando uno de ellos está muerto.
  • Su posición, por un lado, les hace parecer intocables, y por otro, nos indica cuál es su punto flaco.
  • Via della Gattamarcia. Los nombres de las personas nada dicen, los de los lugares no aparecen nunca por casualidad.
  • El miedo puede ser un aliado, pues te hace ser más cauto y astuto. Si te cagas encima, el enemigo te encontrará simplemente siguiendo el olor a mierda.
  • El campo de batalla no es otro que aquel en el que encontraron a quien había de desgarrar sus carnes; la fe, la que los traicionó en el último día; el fuego, la hoguera donde aún arden.
  • Debería estar tenso, agitado. En cambio, advierto únicamente un gran cansancio en los huesos, los reumas, así como también un cierto titubeo. Tal vez en el fondo quisiera no saber. Quisiera mantener la sospecha que me ha acompañado todos estos años. Volver la página e iniciar una historia más modesta, hecha de blandas camas y afectos no menos acogedores. Arrastrarse lejos del campo de batalla y descansar, finalmente. Pero los muertos volverían a interrogarme. Todos esos rostros insisten en la memoria y hablan de que es al último hombre que ha quedado en pie a quien corresponde ajustar cuentas. Tal vez les debo más a ellos que a mí mismo, a aquellos que se quedaron en el campo de batallas, a los profetas traicionados por sus propias profecías, a los campesinos que empuñaron las azadas como si de espadas se tratara, a los tejedores que se convirtieron en soldados para destronar a obispos y príncipes, a los compañeros de toda la vida.
  • Sin los judíos, Venecia hará aguas, el Sultán se aprovechará de ellos, y los negocios se acabarán, esta ciudad volverá a ser un simple escupitajo en los mapas, aplastado entre los imperios.
  • El anabaptismo era una idea tan absurda que habría podido funcionar.
  • Seguirán imprimiendo libros, amigo mío, no temas, el ingenio de los hombres encontrará la manera de reaccionar contra los Índices e incluso un día hasta de borrarlos del mapa.
  • Así se cierra una época. Carlos V, extenuado, señor de un Imperio próximo al colapso, se dispone a abdicar, dejando en herencia al joven Felipe las deudas y las guerras futuras.
  • No hay ninguna enseñanza que extraer. No hay ningún plan que seguir. Estoy todavía vivo, eso es todo.
  • Haz esperar a los poderosos y les demostrarás que no los temes.

jueves, 15 de julio de 2010

Libros Leídos XLII: La Vida Privada del Emperador





Después de El último Judío, me propuse seguir una línea narrativa que rondara la España medieval. Y que mejor elección que Loca de Amor, que hilvanaba buena parte del argumento de fondo en la historia de Yonah Toledano. ¿Y después que leeria? Entre mi hermosa colección escogí un libro pequeño, de escasas ciento ochenta y tantas páginas, titulado La Vida Privada del Emperador, de Almudena de Arteaga, que trata de la vida de Carlos V de Alemania y I de España, o Carlos el Afortunado, para los cuates, heredero de uno de los mayores Imperios en la historia de la humanidad.

Carlos no estaba destinado a gobernar las coronas unidas de Castilla y Aragón. Ese honor le pertenecía primero a su tío Juan, quien murió en 1497. Su madre era la tercera de la dinastía católica. Luego murió la primera en la sucesión, su tía Isabel. Y al morir el hijo varón de está, automáticamente Carlos era candidato a la sucesión. Esto, por parte de su madre, Juana la Loca.

Por parte de su padre, Felipe el Hermoso, era el primer nieto del emperador Maximiliano de Habsburgo.


Carlos, un niño mimado y más enteresado en las frivolidades de la corte flamenca que en la complicada y enmarañada política europea medieval, de pronto hereda España, y luego el Imperio Germánico Romano. Y los problemas se multiplican por todos los lados: disputas internas en España: la ambición del rey Francisco I de Francia, quien lo combate en la sucesión del Imperio, en las fronteras con Germania y en Italia; un loco monje alemán llamado Martín Lutero, que en su casa lo conocen y le hablan de usted, que de pronto pone en entredicho todo el orden teológico que regía desde hace siglos la muy cristiana Europa; además de las ambiciones del rey Enrique VIII de Inglaterra y del gran turco, que amenazaba a la cristiandad desde el otro flanco. Vaya época!

Carlos tuvo que madurar en poco tiempo para estar a la altura de tan grandes retos. No sólo para idear el ajedrez dinástico de los Austrias, sino para mantenerse en pie en esos tumultuosos tiempos.

La verdad, no fue de mi total agrado. La forma de narrar de Almudena, al menos en esta historia, me resulta superficial. Escribió esto como para dominguear. Sí, describe hechos históricos y personajes clave de aquellos tiempos en voz de la hermana mayor de Carlos, Leonor de Austria, quien se casara primero con Manuel de Portugal, luego con Francisco I de Francia. Pero, insisto, lo hizo más por vender algo que por difundir una idea, concepto, historia, aunque una va unida a la otra, en teoría. Texual, el editor de Almudena dice en una nota, que ésta, al buscar información para su libro de La Princesa de Éboli, encontró folios en francés que no eran otra cosa que la biografía de Carlos V, escrita por su hermana, Leonor de Austria. Sólo por eso, al "haiga sido, como haiga sido"...

El final es lo peor de todo. Carlos visita a Leonor después de la muerte de su esposa, la reina Isabel. Y se despide... weeeeeey!

No narra la muerte del Emperador. Al menos pudo hacerlo a forma de prólogo, ya muerta Leonor, de tristeza por el rechazo de su hija María. Un personaje de tamaña envergadura se lo merece...

Curiosamente, 3 de los hijos de Juana la Loca mueren en 1558:

  • Leonor de Austria, el 18 de febrero.
  • Carlos V, el 21 de septiembre.
  • María de Austria, el 18 de octubre, de melancolía por estas dos últimas muertes.

¿Y ahora que sigue? Iba a leer Yo, la Muerte, sobre Felipe II, para seguir la onda de España. Pero recordé que tenía un libro grueso (casi 700 páginas), que habla del enorme desmadre religioso durante el reinado de Carlos V. Y que mejor opción. El libro se llama Q, y vaya si envuelve desde la primera página...

Cuando se lucha por mantener la vida, el hombre se convierte en animal y olvida quien es el señor y quien el vasallo.

Now, las frases que más me agradaron del este pobre texto:

  • Cuando más viajo, querida hermana, más veo qué parecidos son los hombres en todas partes.
  • Nuestras vidas se unieron una vez, pero el río que las dirige fluye y condenados estábamos a cruzarnos, ésta no sería la primera ni la última vez que ocurriría.
  • Decidme, si no es indiscresión, por dónde andáis con el pensamiento y yo os seguiré gustosa.
  • Fue entonces cuando experimenté un inisual deseo de rebelarme contra esas consignas que hacen de nosotros, personajes de sangre real, parte de un ajedrez dinástico cuya mayor tragedia consiste en ser, a la vez, tanto piezas como jugadores.
  • Me bajé de la silla y llamé al orden bastante enojada, pues si bien acepto la estupidez humana, me enerva la cobardía.
  • Nuestras cotidianas costumbres en nada diferenciaban el hoy del mañana.
  • ¡Qué débiles se muestran los caballeros cuando están enfermos! Lo que la mujer sufre en silencio, el hombre lo grita al mundo. Un simple resfriado los asusta como si de la visita de la muerte se tratase. Más temor demuestran ante la falta de salud que ante un ejército bien formado dispuesto a machacaros.
  • Que la fuerza de un gran señor más se demostraba agasajando que maltratando.
  • La envidia es un defecto achacado a los pobladores de estos lares por todos los estados vecinos. Sin embargo, aquellos que más les acusan son los que más la padecen.

domingo, 11 de julio de 2010

Libros Leídos XL: Loca de Amor






La semana pasada leí El Último Judío. Quise, en esta semana, otra novela que me remitiera a la España medieval. Quería adentrarme más en esa España sumida en el fanatismo religioso con ínfulas de imperialismo global, esa España con un pueblo pobre, pero con una clase noble asquerosamente rica por los "descubrimientos" que hiciera Colón al otro lado del mundo.

Y me decidí por una fabulosa historia: Loca de Amor , en castellano, o Un Amour Fou, en su original francés, de la escritora Catherine Hermary-Vieille.

La otra opción era Los Amante de Granada... y no me arrepiento de la elección.

Sé muy bien que las novelas históricas no son la neta del planeta. Pero cuando el novelista usa aparte de su imaginación documentos históricos, este tipo de lecturas resultan doblemente deliciosas, pues no sólo reconstruyen una época lejana y personajes formidables, sino que los hilvanan con hechos, fechas, datos, cifras, nombres...

La historia de Europa es riquísima. Un territorio pequeño para tantos egos, tantas intrigas, tantas guerras que derramaron toneladas de sangre en el nombre del poder y de Cristo.

España está en la etapa final de su reunificación. En la expulsión de los moros de la península ibérica, esos moros que trajeron su cultura, su ciencia, su fascinante arquitectura a un pueblo de bárbaros que se las gastaba haciendo autos de fe.

Una puberta Juana, hija de los muy reyes católicos Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, es comprometida con Felipe, el hijo del emperador Maximiliano de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Ella, educada con esa estúpida educación católica de que todo es pecado, de que es superior a lso demás, vive acomplejada, temerosa, de un mundo que le parece fascinante, seductor, pero lleno de reprimendas moralinas.

Se da cuenta,muy tarde, y muy a su pesar, que todos la usan: sus padres, primero para establecer alianzas contra los franceses y luego para no perderlo todo; su esposo, para apoderarse del reino español y hacer alianzas con Francia e Inglaterra; sus súbditos, para combatir la corte flamenca de su hijo Carlos; y éste último, para mantenerse en el poder de España y del rico oro allende Oceanía. ¿Alguna vez la amaron de verdad?

Juana la Loca... ¿fue, o se hizo? ¿o la hicieron? Seguramente sufría alguna especie de neurosis religiosa, que con el tiempo se hizo a mayores... un transtorno bipolar... esos arranques en Flandes, esas rabietas en Castilla... el ser usada por todos, segregada, escondida, maniatada, ultrajada, humillada... no debe ser fácil luchar contra eso para una mujer en la edad media, en una región católica, donde se debe callar, obedecer y tener hijos para casarlos con quien mejor sea prudente.

¿O la hicieron? Una simple mujer caprichosa, aniñada, estorbosa que no era la mejor compañía en asuntos oficiales, ante el rey Luis XII de Francia o el rey Enrique VII de Inglaterra. Una mujer que tenía la curiosa idea que su marido, "el hermoso", debería serle fiel, sólo para ella, siempre para ella. ¿Qué mejor que recluirla y utilizarla sólo para obtener su rúbrica? Mantenerla viva solamente por todo el botín español -americano, pues- que representa.

Curiosamente, quienes la utilizaron murieron en el camino. Su esposo. Sus padres. Y hasta su hijo, don Carlos V, murió un par de años después.

Vivía la mayor parte de su vida recluída, humillada por carceleros crueles. Por una servidumbre que hablaba de ella a sus espalda, y hasta enfrente de ella. Los únicos que tuvieron piedad de ella fueron su hija Catalina, quien la acompañó durante su infancia y parte de adolescencia, hasta que se casó con Juan de Portugal; y Francisco de Borja, quien después sería elevado a santo, que en los últimos momentos de agonía de la anciana reina entendió toda su dolorosa y punzante travesía por los mares políticos de Europa, e impidió que se le condenara como endemoniada, cosa muy usual en la época.

La anciana reina madre murió a los 75 años. Quizá nunca conoció la felicidad. Sus hijos le fueron arrebatados desde pequeños, y Felipe jamás la amó. Pobre diabla... al final de sus días no era más que una sombra que recorría Tordesillas, una anciana que yacía enllagada, con gangrena delirando sueños de amor...

Finalmente... tanto en lo físico, como en lo mental no dejó de recordarme a uno de los más grandes amores de mi vida... el pelo negro, tez clara, delgada, pequeña, de senos discretos; una niña que se encabrita de la nada, que resulta grosera y soez con su vanidad desmedida; Allāh quiera que ya haya cambiado, por su bien... por el mío...

Chequen el libro... no se arrepentirán... muuuucha historia, y mucha indignación y sorpresas de un hecho tan conocido que se tornó popular...

P.D.

Por cierto, las descripciones que hace la autora de la campiña flamenca, de los paisajes de Granada, Castilla, Inglaterra, Francia... son suntuosos... realmente los gocé. Son tan vívidos que invitan a su encuentro...

P.D. 2

Las frases que me gustaron:

  • ¿Sabías que las españolas son como antorchas? Una vez encendidas, arden toda la noche...
  • Sois responsable de vuestra esterilidad, Alteza -murmura el monje francés en su confesionario-; el placer vuelve estériles a las mujeres y se afirma que sentís por Monseñor un amor en exceso ardiente...
  • Hijo mío, Juana te ama más de lo que la amas tú; esa es su desgracia y lo presiente. Sin duda has nacido para hacer sufrir a las mujeres.
  • El prior de Segovia llegará de un día a otro, Monseñor. Temedle, es demasiado castellano como para ser honesto.
  • Mejor es hacer que rebuzne un asno muerto que confiar en los franceses.
  • Efectivamente, el hombre tiene encanto, un hermoso porte, un rostro sensual, ese bello espejo ha podido atraer fácilmente a la alondra que se ha roto contra él las alas...
  • Querida esposa, ese muchacho sólo tiene desafortunadas cualidades y agradables defectos, le educaron en la idea de que dios creó el mundo para su placer.
  • Una vida es un mosaico de promesas no cumplidas...
  • La mitad de una enamorada es la mitad de una infiel o de una perseguidora...
  • Los signos, Monseñor, desvelan lo que tememos. Ved en ello, por el contrario, pruebas de buena fortuna y todo os sonreirá.
  • Los pasajeros gritan y se empujan. Cristo, la Virgen y todos los Santos del cielo escuchan las más locas promesas.
  • El candor, hijo mío, es a menudo el fallo de los versátiles. Cuando gobiernes Inglaterra, cree sólo en ti mismo.
  • Juana no separa los ojos de su marido. El sufrimiento la redime,le hace renacer, se lo devuelve. El hombre que quiso aplastarla, aniquilarla, humillarl a su padre, ofrecer Castilla a unos extranjeros está a su mercerd, como un niño pequeño. Su odio hacia él se ha vuelto dulce, bueno, carece de memoria.
  • ¿El día es oscuro o es clara la noche?
  • ¿De modo que no le castigaban, sólo, dejándola en la orilla, sino intentaban ahogarla?
  • Señora, el amor es como el movimiento del mar, luchad y pereceréis, abandonaos y seréis salvada.
  • Se lo entregue todo, mi cuerpo, mi memoria, mis sueños de porvenir. Mi carne era su tierra y acudía a reposar en ella, a encontrar su placer, a arrojar su cimiente. Él y yo, me sentía satisfecha, invencible.
  • Luego, llegó el tiempo de humillación, el tiempo del viento que no acaricia ya sino que rompe y quiebra.
  • La muerte es compartir...