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miércoles, 13 de octubre de 2010

Neruda y los mineros chilenos

 

 

Neruda y los mineros chilenos


13 Octubre 2010

El poeta Pablo Neruda,   en un discurso en 1947 en el Senado de Chile, denunciaba las condiciones de vida de los mineros de su país y preguntaba indignado: “¿Cómo es posible, Señor Presidente, tolerar que nuestros compatriotas estén entregados a esta explotación ignominiosa?”. A ellos dedicó este poema de su Canto general que compartimos con nuestros lectoresmientras son rescatados los trabajadores de la mina San José.
 

El Maestro Huerta (De la mina “La Despreciada”, Antofagasta)*


Cuando vaya usted al Norte, señor,
vaya a la mina “La Despreciada”,
y pregunte por el maestro Huerta.
Desde lejos no verá nada,
sino los grises arenales.
Luego, verá las estructuras,
el andarivel, los desmontes.
Las fatigas, los sufrimientos
no se ven, están bajo tierra
moviéndose, rompiendo seres,
o bien descansan, extendidos,
transformándose, silenciosos.
Era “picano” el maestro Huerta.
Medía 1.95 m.
Los picanos son los que rompen
el terreno hacia el desnivel,
cuando la veta se rebaja.
500 metros abajo,
con el agua hasta la cintura,
el picano pica que pica.
No sale del infierno sino
cada cuarenta y ocho horas,
hasta que las perforadoras
en la roca, en la oscuridad,
en el barro, dejan la pulpa
por donde camina la mina.
El maestro Huerta, gran picano,
parecía que llenaba el pique
con sus espaldas. Entraba
cantando como un capitán.
Salía agrietado, amarillo,
corcovado, reseco, y sus ojos
miraban como los de un muerto.
Después se arrastró por la mina.
Ya no pudo bajar al pique.
El antimonio le comió las tripas.
Enflaqueció, que daba miedo,
pero no podía andar.
Las piernas las tenía picadas
como por puntas, y como era
tan alto, parecía
como un fantasma hambriento
pidiendo sin pedir, usted sabe.
No tenía treinta años cumplidos.
Pregunto dónde está enterrado.
Nadie se lo podrá decir,
porque la arena y el viento derriban
y entierran las cruces, más tarde.
Es arriba, en “La Despreciada”,
donde trabajó el maestro Huerta.

*Canto General II: XII

 

(Tomado de La pupila insomne)



domingo, 22 de noviembre de 2009

Libros Leídos XXX: Ya te vimos, Pinochet!




















Este libro tiene especial valor para mí... no solamente porque sea una protesta abierta e inteligente contra el régimen de terror de Pinochet... no solamente por el trabajo que me costó topármelo en mi vida...me lo firmó el mismísimo Rius, el año pasado cuando vino a León!!!

Este libro es una recopilación de cartones de todo el mundo sobre el funesto golpe de estado encabezado por la Junta Militar chilena, con el apoyo, bendición y dinero del tío Sam.

¿Qué pudieron hacer estos monos contra la dictadura? Crear conciencia. Fue un esfuerzo pro combatir el silencio cómplice. Para dar esperanzas en un mejor futuro para Chile. Habrán matado a Allende, pero sus ideas trascenderían las fronteras y los tiempos... tal como ha sucedido.

Unos monos son verdaderos monumentos a la inteligencia y a la rebeldía. Logran un cometido complicado: arrancar una risa de un evento siniestro...

El libro lo tengo madreadísimo, sí. A los anteriores dueños se les mojó con sabrá dios que líquido. Pero ni pedo: lo tengo, es mío, del 74 a mis manos... y firmado por Rius!

P.D.

En la foto salgo con una cara más idiota de lo usual... fue un día pesado en la empresa, en el que ni siquiera salí a comer por entregar mi puesto al pedirme despidiera a una chica embarazada... presenté mi renuncia en cambio, y no me fue aceptada... me rogaron que me quedará, igual que la chica... de ahí, a celebrar con el profe Rius!

Y si, ya se que las imágenes están del nabo, pero el libro realmente está en pésimas condiciones... hasta parece el que le regresé una vez a Sergio, todo batido por mi chocomilk!

A continuación, un extracto del libro Confieso que he vivido, de Neruda, donde trata el tema del golpe de Estado... viva Allende, cabrones!

Allende
Pablo Neruda
Confieso que he vivido
Chile, 14 de septiembre de 1973.

Mi pueblo ha sido el más traicionado de este tiempo
.
De los desiertos del salitre, de las minas submarinas del carbón, de las alturas terribles donde yace el cobre y lo extraen con trabajos inhumanos las manos de mi pueblo, surgió un movimiento liberador de magnitud grandiosa. Ese movimiento llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende, para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras.

Donde estuvo, en los países más lejanos, los pueblos admiraron al presidente Allende y elogiaron el extraordinario pluralismo de nuestro gobierno. Jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo.

Aquí en Chile se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la Constitución y la ley, la democracia y la esperanza.

Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados. Unos u otros daban vueltas en el carrusel del despecho. Iban tomados de la mano el fascista Jarpa con sus sobrinos de "Patria y Libertad", dispuestos a romperles la cabeza y el alma a cuanto existe, con tal de recuperar la gran hacienda que ellos llamaban Chile. Junto con ellos, para amenizar la farándula, danzaba un gran banquero y bailarín, algo manchado de sangre; era el campeón de rumba González Videla, que rumbeando entregó hace tiempo su partido a los enemigos del pueblo. Ahora era Frei quien ofrecía su partido demócrata - cristiano a los mismos enemigos del pueblo, y bailaba además con el ex coronel Viaux, de cuya fechoría fue cómplice. Estos eran los principales artistas de la comedia. Tenían preparados los viveros del acaparamiento, los "miguelitos”, los garrotes y las mismas balas que ayer hicieron de muerte a nuestro pueblo en Iquique, en Ranquil, en Salvador, en Puerto Montt, en la José Maria Caro, en Frutillar, en Puente Alto y en tantos otros lugares. Los asesinos de Hernán Mery bailaban con naturalidad santurronamente. Se sentían ofendidos de que les reprocharan esos "pequeños detalles".

Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres. Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. Es curioso que los dos provinieran del mismo medio, de la burguesía adinerada, que aquí se hace llamar aristocracia. Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera.

Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras. Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. En ambos casos la oligarquía chilena organizó revoluciones sangrientas. En ambos casos los militares hicieron jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.

En ambos casos las casas de los presidentes fueron desvalijadas por órdenes de nuestros distinguidos "aristócratas". Los salones de Balmaceda fueron destruidos a hachazos. La casa de Allende, gracias al progreso del mundo, fue bombardeada desde el aire por nuestros heroicos aviadores.

Sin embargo, estos dos hombres fueron muy diferentes. Balmaceda fue un orador cautivante. Tenía una complexión imperiosa que lo acercaba más al mando unipersonal. Estaba seguro de la elevación de sus propósitos. En todo instante se vió rodeado de enemigos.

Su superioridad sobre el medio en que vivía era tan grande, y tan grande su soledad, que concluyó por reconcentrarse en sí mismo. El pueblo que debía ayudarle no existía como fuerza, es decir, no estaba organizado. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como iluminado, como un soñador: un sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes extranjeros y los parlamentarios criollos entraron en posesión del salitre: para los extranjeros, la propiedad y las concesiones; para los criollos las coimas. Recibidos los treinta dineros todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Los obreros más explotados del mundo, los de las regiones del norte de Chile, no cesaron de producir inmensas cantidades de libras esterlinas para la City de Londres.

Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el antidictador, el demócrata principista hasta en los detalles. Le tocó un país que ya no era el pueblo bisoño de Balmaceda; encontró una clase obrera poderosa que sabia de que se trataba. Allende era dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. Por tales causas y razones, la obra de que realizó en tan corto tiempo es superior a la de Balmaceda; más aun, es la más importante en la historia de Chile. Sólo la nacionalización del cobre fue una empresa titánica, y muchos objetivos más se cumplieron bajo su gobierno de esencia colectiva.

Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación. El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del Palacio de Gobierno; uno evoca la Blitz Krieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante siglos fue el centro de la vida civil del país.

Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte de mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, “con muestras de visible suicidio”. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A reglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el Presidente de la Republica de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su corazón, envuelto en humo y llamas.

Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque nunca renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en si misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las metralletas de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile. “Con la verdad del Pueblo, la eternidad del canto”.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Lo que tengo que leer...


El nuevo libro de Julio Scherer García ya está a la venta, por $155.00, y trata del terrible golpe de estado contra Salvador Allende en nuestro lejano pero punzante 11 de septiembre... de 1973.


Sólo que estoy leyendo Verónika decide morir, para regresárselo a Gaby a la brevedad. Y cuando tenga dinero, claro. pequeño detalle. Aunque primero quisiera echarle el de Einstein... chale, tanto que leer, tan poco dinero y tiempo para hacerlo...


P.D.

De Sherer tengo y he leído Estos años y Los Presidentes. Me gusta su estilo porque no viene a descubrir el hilo negro de las cosas. Simplemente narra lo vivido al lado de los poderosos. Particularmente energetizante son los pasajes al lado del Gabo en Estos años...




sábado, 28 de junio de 2008

Salvador Allende


Fue un 11 de septiembre de 1973 cuando el mundo se enteró, horrorizado, de un terrible y sangriento golpe militar, en un país llamado Chile, por una junta militar, bendecida, auspiciada y financiada por Nixon & Kissinger. En ese golpe, se atacó la casa presidencial de La Moneda, donde estaba resguardado el presidente legítimamente electo por los chilenos, Salvador Allende, un tipo modesto de figura y habla, que murió en la raya, defendiendo la dignidad que los chilenos le habían envestido.

Triunfó el golpe, pero el sueño no murió. Tanto así que el día de hoy, gran parte del sur del continente Americano (Venezuela, Brasil, Ecuador, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Nicaragua y el mismo Chile), son gobernados por izquierdas que van desde las moderadas, las pragmáticas y las radicales. Algo imposible de pensar hace 15 años todavía.

Allende sembró, junto con otros titanes como el Che, Fidel, Ortega, lo que generaciones posteriores recogieron y aprovecharon, en la búsqueda de una sociedad mejor, alejada del enemigo yanqui.

Ayer se cumplió el centenario del nacimiento de Allende, y no se hicieron esperar en Chile, Cuba, y donde hubiera un rojo, los festejos para este titán de la historia moderna. Para este icono del mundo mejor que buscamos, con igualdad de clases, justicia, y fin de la explotación del hombre por el hombre.

Y a continuación, testimonios acerca del terrible golpe, de dos los más grandes escritores latinos, así como transcripciones de los mensajes que diera a la nación aquel fatídico día...