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jueves, 30 de junio de 2011

Hemingway: el trauma que culminó en suicidio


Hemingway: el trauma que culminó en suicidio


MÉXICO, D.F. (Proceso).- Durante más de dos décadas Ernest Hemingway encarnó la imagen del escritor en los Estados Unidos, así como el símbolo del hombre rudo y temerario, hasta la mañana en que hace medio siglo decidió acabar con su vida, con un disparo que se oyó en todo el mundo. Un estudio psicológico ha revelado el trauma infantil provocado por su madre, a la que odiaba.

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La escena se ha narrado muchas veces: poco antes de las siete de la mañana del domingo 2 de julio de 1961, Ernest Hemingway despierta en su casa de campo en Ketchum, Idaho, y se levanta. Se pone una bata que le gusta particularmente (la llama “la túnica del emperador”), sale de la habitación cuidando de no hacer ruido para no despertar a su esposa, Mary Welsh Hemingway, y va al cuarto donde guarda sus armas –había aprendido a disparar armas de fuego desde que era niño–. A los 62 años posee más de veinte, entre rifles, pistolas y escopetas. Elige una de éstas y baja al recibidor. Toma asiento y apoya la frente contra los cañones.

No quisiera uno saber lo que sigue, sino dejarlo allí, suspendido en esos segundos antes de que jale el gatillo. Cuando, con los ojos cerrados, como lo imagina Francisco Hernández en uno de sus estupendos poemas, mira que se acerca un león.

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Al difundirse la noticia (que ocupó las primeras planas de casi todos los diarios de Estados Unidos y de muchos periódicos en el resto del mundo), la versión prevaleciente era que la muerte de Hemingway había sido accidental. El arma se había disparado mientras el escritor la limpiaba. Eso fue lo que Mary Welsh declaró a Frank Hewitt, jefe de la policía local, quien fue el primero en acudir a la casa de la distinguida pareja. Por respeto y compasión otras autoridades también lo aceptaron. El resto de la familia acordó que así se manejara la tragedia.

Durante casi un año, Mary Welsh se negó a sí misma que su esposo se había dado muerte. Sólo pudo lograrlo a fuerza de terapia. Por esa negación, que impedía comprender los motivos de Hemingway (nunca se encontró una nota aclaratoria), su muerte parecía un jeroglífico. Sin embargo, algunos asumieron, desde el principio, que se trataba de un suicidio.

Gabriel García Márquez lo dijo en una nota escrita el mismo domingo 2, recién llegado a México, pero publicada el 9 de julio:

“…Hemingway no parecía pertenecer a la raza de los hombres que se suicidan. En sus cuentos y novelas, el suicidio era una cobardía, y sus personajes eran heroicos solamente en función de su temeridad y su valor físico.

“De todos modos, el enigma de su muerte es puramente circunstancial, porque esta vez las cosas ocurrieron al derecho: el escritor murió como el más corriente de sus personajes, y principalmente para su propios personajes…”

La información que poco a poco salió a la luz a través de la prensa acabó por despejar cualquier duda respecto de la naturaleza de la muerte del gran escritor. En 1964 familiares y editores reconocieron abiertamente lo que ya no se podía ocultar.

Se supo entonces que su salud se encontraba ya muy mermada; que sufría una depresión profunda y se había sometido a una terapia de electrochoques; que había tratado de suicidarse por lo menos dos veces antes.

Sus admiradores –entre los cuales sus lectores eran apenas una fracción, pues Hemingway no sólo era un escritor, sino también un deportista, un combatiente, bebedor y seductor empedernido, prototipo del macho triunfante, ícono de la cultura popular– se preguntaban, asombrados, porqué sufría tanto un hombre que había recibido todos los premios que podía cosechar en su oficio (incluido, por supuesto, el Nobel) y que gozaba de una inmensa admiración internacional.

Eso fue lo que John F. Kennedy subrayó al enterarse de que Hemingway había muerto: “Era uno de los grandes ciudadanos del mundo.”

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Hemingway vivió siempre bajo la mirada pública. Ni siquiera muerto ha podido sustraerse de ella (lo prueban estas líneas). Pero era inevitable que tras su sorpresivo suicidio –y por la terrible forma en que escogió morir– su vida se viera abierta al escrutinio para responder las muchas dudas y preguntas que dejó planteadas. Uno de los indeseables costos de la fama.

De allí la abrumadora cantidad de biografías y estudios biográficos hechos desde los más diversos ángulos que, como señaló José Emilio Pacheco en “Hemingway vivo o muerto” (Proceso 1186) – en el memorable “Inventario” escrito a raíz del centenario natal de dicho escritor– no parecen dejar un “espacio de silencio para leer en calma y como se debe los libros de Hemingway.”

Entre esos estudios hay uno que resulta especialmente interesante: “Ernest Hemingway: A Psychological Autopsy of a Suicide”, publicado en el número 4 de la revista Psychiatry (correspondiente al invierno del 2006), por el doctor Christopher D. Martin, miembro del Departamento de Psiquiatría de la escuela de medicina de Baylor College en Houston, Texas.

Es un ensayo de 10 páginas que puede adquirirse a través de la red en PubMed.gov, sitio virtual de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos. Pero también existe un comentario reciente a ese ensayo, igualmente asequible en línea, y gratuito, hecho por John Walsh, un periodista del diario inglés The Independent, que glosa la sustancia del estudio del doctor Martin.

La conclusión a la que llegó Martin, tras años de leer y analizar todas las biografías, libros de memorias y testimonios que existen acerca de Hemingway, no parece muy novedosa –que padecía trastorno bipolar– pero lo es, porque su raíz, según expone en el ensayo, se ubica en un trauma que Hemingway sufrió en la infancia. Su madre lo vestía como niña y a veces lo llamaba con un apelativo femenino: Dutch Dolly. El padre, por su parte, elogiaba la conducta agresiva –fue él quien empezó a enseñarle a manejar armas de fuego desde los cuatro años– y se comportaba de manera violenta con sus hijos, algo muy confuso para un niño sensible, explica el doctor Martin.

Hemingway detestó siempre a su madre, y cuando su padre se suicidó de un tiro en la cabeza, en 1928, no dudó en señalarla como culpable. Solía referirse a ella como una “perra”.
La pérdida fue devastadora para Ernest, que desde joven había exhibido una conducta temeraria que, tras la muerte del padre, cobraría tintes de autoinmolación, lo mismo a través del alcoholismo que mediante la exposición a diversos peligros. Y sin embargo, hoy se sabe que muchos de los actos de valor que Hemingway presumía, no eran reales, o eran distorsiones de la realidad creadas por su fantasía.

Grosso modo, el estudio del Dr. Martin indica que Hemingway se halló enfrascado en una lucha consigo mismo a lo largo de su vida, cargado de temores y sentimientos de culpa que lo convirtieron en una persona profudamente insegura y autodestructiva. (“He pasado mucho tiempo matando animales y peces –le dijo a la actriz Ava Gardner– para no matarme a mí mismo.”) De manera que, mientras se esforzaba por crear a los personajes que pueblan sus cuentos y novelas, todos de carácter heroico, aun en la derrota, hacía un esfuerzo todavía mayor, inmenso, para convertirse en el personaje que anhelaba. Esfuerzo que lo condujo a la depresión crónica y, al final de su vida, a una psicosis incipiente, según el doctor Martin.

A la luz de todo lo que se sabe hoy, los últimos años de la vida de Hemingway son desconsoladores. Había perdido la capacidad de escribir y padecía arrebatos de paranoia cada vez más frecuentes.

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Si nuestros padres son la vara con la que nos medimos, vivir a la sombra de un padre suicida equivale a viajar por una carretera llena de baches en un camión cargado de nitroglicerina.

Como se sabe, Ernest no fue el único que se quitó la vida en su familia. También su hermano Leicester, 17 años menor, y escritor al igual que él, se dio un tiro en la cabeza, en septiembre de 1982. Y su nieta, la actriz Margaux Hemingway, se suicidó en la víspera del aniversario luctuoso de Ernest, el 1 de julio de 1996.

“Todo hombre anhela morir en su cama, reconciliado”, escribe William Carlos Williams al final de uno de sus más hermosos poemas: “Asfódelo”. Es evidente que no todo mundo puede lograrlo.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Otro daño colateral: el suicidio infantil



Otro daño colateral: el suicidio infantil
Santiago Igartúa

Ante el hecho de que en este sexenio se han disparado las cifras de suicidios entre niños, adolescentes y jóvenes, varios especialistas consultados por Proceso ofrecen algunas explicaciones: La guerra contra el narcotráfico emprendida por Calderón y la violencia entre los delincuentes generan terror, tensión, angustia y estrés postraumático que los menores no pueden muchas veces superar. De manera que, ante la falta de oportunidades, sumidos en la depresión y la desesperanza dentro de “un país que se desmorona”, prefieren quitarse la vida… por mano propia o sumados a las bandas criminales…

MÉXICO, D.F., 7 de noviembre (Proceso).- La inseguridad y la violencia que ha desatado la guerra de Calderón contra el narcotráfico, así como la falta de empleo y de oportunidades educativas, han disparado en México las cifras de niños, adolescentes y jóvenes que, dominados por el terror, la desesperanza o el estrés postraumático, se suicidan o intentan hacerlo.

De acuerdo con las estadísticas, sólo en 2008 alrededor de 150 mil chicos de 12 a 17 años de edad atentaron contra su existencia –25 mil 473 de los cuales requirieron atención médica–, mientras que 1 millón 400 mil más pensaron hacerlo.

 Y si se amplía el rango de edad, de 15 a 29 años, se encontró que, de finales de 2008 a las postrimerías de 2009, fueron alrededor de 350 mil los adolescentes y jóvenes que intentaron suicidarse.

Interrogado sobre las causas de que este fenómeno esté aumentando inclusive entre niños, Víctor Ruiz Velasco, psiquiatra e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, manifiesta que hay un vínculo entre el creciente número de suicidios juveniles y la violencia generada por el narcotráfico y los operativos desplegados contra el crimen organizado.

Terapeuta familiar, Ruiz Velasco encuentra “natural” que en un país sumergido en una ola de violencia haya numerosos suicidios, inclusive de menores. “Es así. De hecho, si se hace una revisión de episodios críticos de la humanidad, como son las guerras, los niños siempre salen lastimados en forma brutal”, señala.

“El suicidio –continúa el académico– es un acto muy violento que siempre está precedido por violencia. A todos nos afecta el clima en el que estamos viviendo. Es una circunstancia inédita, insólita, que nos sorprende, pero que a los niños afecta más. Los adultos tratamos de diseñar estrategias para enfrentar las circunstancias, pero a ellos los encuentra sin defensa, los aísla, los llena de miedo.”

Extracto del reportaje que se publica en la edición 1775 de la revista Proceso, ya en circulación.

sábado, 10 de octubre de 2009

Pero vamos ganando!


Vaya... cuando se cree llegar a tal nivel de saturación por tanta mierda... cuando uno cree que ya no se puede sorprender fácilmente en medio de tanta ruindad... un funcionario se suicida de una forma tan espectacular, que ya se habla de incluir su suicidio en los records Guiness, pues no sólo se encuero, mutiló y se ahorcó en un puente de Tijuana-Rosarito, sino que alcanzó a colocar sus testículos en la boca antes de fenecer... México, siempre a la vanguardia en los principales campos de progreso de la humanidad!!!

miércoles, 20 de agosto de 2008

Zorra vs. pendeja




Paulina Rubío se rubió al ring de lodo para declarar lo que todos sabemos: que la marcha pro-RBD es una pendejada de mierda...


Ya circulan rumores de suicidios colectivos por esto y, la verdad, cualquiera que piense en suicidarse por esa pendejada, merece morir... (parodiando a Homero "Pero yo digo que aquel que sea tan estúpido para comerlo merece morir")

martes, 1 de julio de 2008

Ruslana Korshunova






La modelo Ruslana Korshunova, mamita de 20 años, se lanzó desde un noveno piso en New York.

Algunas de las frases contenidas en su blog, nos explican algo de la personalidad de la niña:

  • Eso duele. Es como si alguien tomara una parte de mi, desgarrándome, pisoteándola sin piedad y aventándola.
  • Estoy tan perdida. ¿Algún día podré encontrarme?
  • Soy una perra, soy una bruja. No me importa lo que digas... sabes por qué mis otras relaciones no funcionan, porque soy impredecible.
  • El amor es el sol, deseo -sólo destello. El deseo deslumbra y el amor da vida. El amor no quita a uno para dar a otro.

O sea, una princesa encantada de disney, con el mundo a sus pies, de quien se esperaba mucho (quizá ahí el problema), cuyas relaciones patito la desquiciaron. De nada le servía su belleza, pues se sentía hueca por dentro. Sabíase que llamaba la atención por la forma, no por el fondo. Una tonta niña nice.

Como sea, no faltará el paisano que se vuelva necrófilo dedicándole el tercero de la tarde... y como apoyo, he aquí algunas imágenes de la niña...