domingo, 12 de septiembre de 2010

Odio el Bicentenario de Calderón


Odio el Bicentenario de Calderón

Ojo por ojo

Álvaro Cueva


  • 2010-09-12•Acentos

Me pone muy triste esto del Bicentenario. No lo puedo evitar.

Todavía hace algunos años me imaginaba que 2010 iba a ser espectacular, que todos íbamos a estar muy contentos y que nos la íbamos a pasar de fiesta en fiesta.

El cerebro no me daba para imaginar los monumentos que se iban a construir, para los cambios que se iban a anunciar y para lo felices que íbamos a estar todos a lo largo y ancho de esta nación.

Partiendo de lo que Porfirio Díaz hizo para el centenario, de experiencias como los Juegos Olímpicos de México 68 y de la gigantesca herencia artística del siglo XX, le juro que había muchas cosas que me hacían ilusión:

Las ceremonias, la canción, el póster, el platillo, la bebida, la moneda, la camiseta, el libro, la película, el programa especial, la telenovela.

Soy un ridículo, me encanta ser mexicano y esperaba con ansiedad este momento.

El problema es que nada de lo que soñé que íbamos a estar viviendo para este entonces se convirtió en realidad. ¡Nada!

Los mexicanos estamos furiosos, desesperados, hartos, deprimidos, decepcionados.

Si no es por nuestra tradicional lista de conflictos sociales, es por esta guerra tan extraña que jamás nos anunciaron en las campañas electorales, por la ausencia de un proyecto de nación, por el patético estado de nuestra clase política, por la falta de oportunidades.

¿A quién le interesa celebrar 200 años de libertad si nadie tiene la certeza de regresar vivo a su casa después de salir por la mañana?

¿Qué clase de emoción podemos sentir ante el Bicentenario si lo que predomina es el miedo, la decepción, las malas noticias y los intereses particulares?

Ni siquiera hay un monumento que esté listo, una estatua para develar, algo bonito que nos recree la mirada y que sea tan impresionante que haga que el mundo entero se vuelva a verlo como el símbolo de una nación orgullosa y próspera.

Si Porfirio Díaz viviera y viera lo que el gobierno de Felipe Calderón está haciendo para conmemorar el Bicentenario de la Independencia de México, se levantaba en armas y se ponía del lado de los revolucionarios de la desilusión.

La canción del Bicentenario no es mala, es un asco. Cualquier anuncio de pasta de dientes tiene una música más elegante y una letra más digna que ese jingle de mala muerte.

El póster es una burla. ¿A usted no se le quiere caer la cara de la vergüenza ante esa imagen? Ni parece que aquí hubiéramos tenido artistas.

Desde ese logotipo enfermo donde el gobierno quiso combinar Independencia y Revolución como para ahorrarse una fiesta, las cosas están mal.

¿Adónde se nos fue el talento? ¿En dónde dejamos la clase?

No, y ni hablemos de lo demás porque nos vamos a deprimir de aquí a los 500 años de la conquista.

¿En qué cabeza cabe, por ejemplo, lo de la galería nacional? Sí, es muy bonito ver la silla de Benito Juárez, ¿pero ese museo forma parte de un proyecto a largo plazo?

¿Le puede meter un susto al Smithsonian de Washington? ¿Convierte al Palacio Nacional en algo tan importante como el Museo del Prado en Madrid?

Claro que no, es una exhibición temporal. ¡Temporal! Nuestras autoridades ni siquiera pudieron aprovechar el Bicentenario para construir algo para siempre.

Juntaron esas pocas piezas y al rato se las van a quitar. ¡Qué miseria! ¡Qué desgracia!

Dentro de un siglo, cuando se conmemoren los 300 años del grito de Dolores, la gente va a tener más a la mano las aportaciones de Porfirio Díaz que las de este gobierno surgido de la justicia, de la democracia y de la paz. ¡No puede ser!

¡Qué falta de visión! ¡Qué poco sentido de la planeación! ¡Qué ausencia de amor propio!

Estamos de acuerdo, el día 15 una multitud frenética va a ir a echar relajo a Paseo de la Reforma en la capital del país mientras otra, todavía mayor, se va a esconder en sus casas, en otras partes de la República, ante el temor de perder la vida a ritmo de ¡Viva México!

Pero después del 16 todo se va a esfumar y ese dinero, que ni sirvió para ayudar a los pobres ni para dejarle algo a la posteridad, se habrá convertido en cenizas.

¿Ahora entiende cuando le digo que esto del Bicentenario me pone triste?

Con esta clase de autoridades no hay manera ni de festejar algo tan grande como el Bicentenario. Nomás vamos a perder el tiempo. Nomás nos vamos a vaciar más. ¿A poco no?

¡Atrévase a opinar!

alvarocueva@milenio.com

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